Pensaba no salir y guarecerme en casa. El viento se coló por todos los rincones y sacudió la pereza que arrastraba. Despabilada, a paso lento y sin destino, deje que la Vida me llevara. Añoraba de ti tu mano entrelazada, esas cosquillas que dejan palabras en mi oído, los besos que resbalan... Era un día más de andar descalza de tu abrigo. Los arboles lloraban la nostalgia y el corazón sentíase malherido... Prófuga de mí, achacaba al desvelo la sinrazón de no verte en las mañanas, cuando el frío cala y me amodorro en la resaca profunda de la noche ya ida. Mis pies danzaban al compás de tu anhelo; en un revuelo frugal y solitario las ramas continuaban su alocada desvestida...
Di vuelta en una esquina cualquiera... y te encontré.
Atrapada en la escena, aferrada a la acera, sintiendo el vértigo invadir mi osamenta. Tu mirada profunda en su mirada se vaciaba de mí. Tu mano coqueteaba en el espacio, recreando en ese lapso el embrujo que tantas veces ejerces para mi. El agua que mi rostro acariciaba inundaba palabras que nunca alcanzaron a surgir. Mi cuerpo aún llevaba la huella caliente de tu cuerpo cuando me estremecí. Despiadada la brisa arrancaba jirones de mi piel. Descarnada sufría el goce de tus dedos por sus dedos. Intuía su pierna enredada entre las tuyas, audaz en la embestida, apenas insinuada... Deshojábame entonces de tristeza aflorada, vuelta triza flotaba. Los huesos titilaban y en estruendo rompían. Mi centro -tú- en otro vaivén se contoneaba. Giré mi mirada, en un desgarre que en filo rasgaba mis entrañas.
En tus ojos destellos de la noche. Silencio, el tiempo se aquieta... Anclada mi cintura a tu figura, nos sorprende la víspera y el sueño que me agita se diluye...